
James Hetfield les pide perdón a los miles de fanáticos que colman el estadio de River Plate el viernes 22 de enero de 2010. Les dice que están acá para sanar la herida que causaron siete años atrás, cuando suspendieron su show de 2003 en el país, a causa del estrés y el agotamiento físico. En aquel entonces, muchos habían sugerido hasta quemar sus discografías de Metallica. Una locura. Una boludez enorme, bah.
Casi una década después, sobre el escenario están Hetfield, Ulrich, Hammett y Trujillo, y el público, que visto desde la platea parece ser un guiso de lentejas que va y viene, ya no recuerda que Metallica les rompió el corazón alguna vez, y la comunión metalera entre fan y músico se fortalece como si nada hubiera pasado.
Metallica toca fuerte, toca rápido, de oficio, sin la rabia del origen. También brinda momentos de desprolijidad, no se enojen estimados, pero hay que admitirlo. De todas formas, me dicen los colegas que vieron el show, quién puede culpar a este cuarteto de cuarentones, que supo reinventarse, y mostrar ese renacer a todo el mundo en una especie de documental llamado
Some Kind of Monster en el que también vimos a un flojito Dave Mustaine lagrimear . Supongo que nadie, por cómo me lo preguntan.
Suena
Sad But True, y la gente estalla verdaderamente por primera vez. Ahí están todos: los de los primeros discos y los del
Black Album. Todos también llegaron al nirvana con
Enter Sandman. Y no mucho más. Un par de fuegos pirotécnicos y velocidad extrema. Un Trujillo simil Blanka del Street Fighter, pero que toca con coraje y un Lars Ulrich, eterno, engreído, buscarroñas y dueño de una técnica indestructible.
Metallica pasó, arrasó y todo bien. Se fueron con la satisfacción de saber que en
Bunos Aries, Aryentina están perdonados.